“El comercio exterior como fuente de prosperidad”, por Balbino Prieto (Ejecutivos)

Balbino Prieto (presidente del Club)
Revista Ejecutivos
Febrero de 2017

La economía española ha experimentado en los últimos años una transformación que bien podría calificarse de extraordinaria. Después de una profunda recesión, España encadena ya tres años consecutivos de crecimiento del PIB, con tasas superiores al 3% en 2015 y en 2016. Por primera vez, dicho crecimiento viene acompañado de un superávit en la balanza por cuenta corriente. Se trata de un fenómeno inédito en la historia reciente de nuestro país y obedece a un cambio estructural en el modelo productivo.

Ciertamente, España cuenta hoy con un patrón de crecimiento diferente al de hace diez años. Es un modelo más robusto, sofisticado y sostenible a largo plazo, porque está basado en el comercio exterior. Tradicionalmente en España, las exportaciones repuntaban en tiempos de crisis para compensar la debilidad de la demanda interna y luego retrocedían una vez recuperada la senda del crecimiento. Por fortuna, esa dinámica ha quedado superada. El sector exterior ha dejado de ser la válvula de escape para los tiempos de crisis y se ha consolidado como uno de los pilares fundamentales del sistema productivo, responsable de un tercio del PIB nacional.

Este cambio no habría sido posible si las empresas españolas no hubieran asumido que la internacionalización debe constituir un elemento permanente de su estrategia corporativa. Vivimos en un mundo globalizado, donde las fronteras se han difuminado y existen grandes facilidades para los intercambios de mercancías, servicios y capitales. Por tanto, las empresas españolas están obligadas a salir al exterior y conquistar los mercados internacionales si quieren contrarrestar la competencia que ejercen en el mercado interno las compañías extranjeras.

No ha sido un proceso fácil. A diferencia de lo ocurrido en otros países, los exportadores españoles no se han visto beneficiados por una devaluación de la moneda local. Lo que se ha producido en España es una devaluación interna, fruto del esfuerzo de las empresas, que ha permitido incrementar la productividad y, en definitiva, reforzar la competitividad frente a otros países.

Los resultados obtenidos hasta la fecha avalan el buen hacer del sector exterior español. A falta de conocer los datos definitivos de 2016, el año pasado se registraron unas 150.000 firmas exportadoras (un 37% más que en 2010), y entre ellas hubo 50.000 empresas con actividad exportadora regular (un 29% más que en 2010). Las ventas al exterior batieron un nuevo récord al alcanzar los 365.000 millones de euros (un 32% más que en 2010). Así pues, entre las grandes economías de la zona euro, España se afianza como la segunda potencia exportadora, sólo por detrás de Alemania.

Si miramos al futuro, debemos tener en cuenta que las perspectivas del comercio mundial son inciertas. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, y en vista del fracaso de la política proteccionista seguida durante el periodo de entreguerras, se estableció un nuevo orden económico mundial basado en el librecambio. La creación de bloques comerciales, la proliferación de acuerdos internacionales y la celebración de sucesivas rondas de negociación multilateral han propiciado la eliminación de numerosas barreras comerciales, generando un desarrollo sin precedentes de los negocios internacionales. Entre 1950 y 2015, el comercio mundial de mercancías se ha multiplicado por 35, mientras que la producción mundial sólo lo ha hecho por 10,5. Sin duda, la apertura de las fronteras ha supuesto un gran motor de dinamismo económico, tanto para los países desarrollados como para los que están en vías de desarrollo.

Sin embargo, la sombra del proteccionismo se cierne de nuevo sobre la economía mundial. La OMC alertaba en un informe reciente del “aumento constante del número de medidas restrictivas del comercio registrado desde 2008”. Han transcurrido ya nueve años desde la gran crisis económica internacional y los Estados no han dejado de poner trabas al flujo de mercancías y servicios. Tanto es así que la OMC estima que en 2016, por primera vez en quince años, el comercio creció a un ritmo menor que la producción mundial.

En el ámbito político, las tesis proteccionistas han logrado dos triunfos de incalculable trascendencia. El pasado mes de junio, el pueblo británico decidió en referéndum abandonar la Unión Europea. Es la primera vez que un país miembro se retira del proyecto comunitario, símbolo por excelencia de la integración comercial en el mundo. Por otro lado, Donald Trump recibió en noviembre la confianza de sus conciudadanos para dirigir la primera potencia económica del planeta. El candidato republicano ha llegado a la Casa Blanca con la promesa de abandonar el TPP (el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) y de imponer altos aranceles a las empresas que fabriquen fuera de los Estados Unidos.

¿Nos encontramos ante el principio de una nueva era en el concierto económico mundial? Aún es pronto para hacer esa afirmación. En 2017 habrá que estar pendientes de los procesos electorales en Alemania, Francia y los Países Bajos. El resultado de las urnas en estos países —fundadores los tres de la Unión Europea— podría confirmar la tendencia iniciada en 2016 con el brexit y Donald Trump.

En cualquier caso, desde el Club de Exportadores e Inversores Españoles tenemos la convicción de que las recetas proteccionistas están abocadas al fracaso. Obstaculizar el comercio internacional no crea riqueza, no genera empleo, no mejora las condiciones salariales de los trabajadores, no incentiva la inversión productiva ni eleva la recaudación fiscal. Como demuestra la experiencia histórica, la prosperidad de un país depende de la combinación de dos factores: el dinamismo empresarial y la existencia de unas políticas públicas de apertura económica y de apoyo al libre comercio y la inversión extranjera.

Frente a quienes preconizan el cierre de las fronteras, hay que reivindicar los tratados de libre comercio. Este año entrará en vigor el que han firmado la Unión Europea y Canadá. El CETA (Acuerdo Económico y Comercial Global) eliminará el 99% de los aranceles, promoverá el comercio de servicios y las inversiones, abrirá a las empresas europeas el mercado de contratación pública canadiense, facilitará el reconocimiento mutuo de ciertos títulos profesionales, y todo ello sin poner en riesgo el medio ambiente y la seguridad alimentaria. El CETA es el acuerdo más ambicioso que ha cerrado la Unión Europea en toda su historia y debería servir de modelo para el reforzamiento de los lazos económicos y comerciales con Estados Unidos, el Mercosur, la región de Asia-Pacífico y el continente africano.

Las empresas españolas están hoy mejor preparadas que nunca para aprovechar todas las oportunidades que surjan de la apertura de los mercados internacionales. Ahora bien, necesitan contar con el apoyo y el compromiso de la sociedad española. Los ciudadanos deben ser conscientes de que el futuro de nuestra economía depende cada vez más del sector exterior. España es un mercado maduro, con un potencial de crecimiento interno más bien limitado, de manera que el progreso económico está ligado indefectiblemente a la demanda externa. Entre todos, pues, debemos defender el comercio exterior como fuente de prosperidad, riqueza y empleo.