Entrevista a José Manuel Reyero, técnico comercial y economista del Estado y consejero independiente del Instituto de Crédito Oficial
«Nadie en la Europa continental se ha preguntado qué hemos hecho nosotros mal para llegar al brexit»
José Manuel Reyero (Madrid, 1943) ha sido vicepresidente ejecutivo del ICEX, creador de Promomadrid, consejero comercial en cuatro países, funcionario de la Comisión Europea al poco de entrar España en la Comunidad Económica… Una trayectoria profesional de más de cuarenta años que ha condensado en Primera persona del singular, un libro de memorias en el que su relato biográfico se entremezcla con la historia reciente de nuestro país. En esta entrevista, José Manuel Reyero analiza varios temas de actualidad, como el brexit y el futuro de la Unión Europea y la nueva política proteccionista de los Estados Unidos.
Dice en el libro que su etapa profesional más “completa” fue en el primer Gobierno de la Monarquía, como jefe de gabinete del subsecretario de Comercio. ¿Qué recuerda de aquella etapa?
En aquellos meses de principios de 1976, había una ilusión generalizada entre muchos funcionarios que creíamos que se podía edificar un marco de convivencia nuevo en España. Teníamos confianza en el futuro, un futuro mejor, alcanzable de manera pacífica. En definitiva, creíamos que el cambio era posible. Como funcionario joven, poder participar desde un puesto de nivel medio, pero que me daba mucha información de lo que estaba pasando, fue una experiencia irrepetible. Sobre todo, me permitió comprobar de primera mano cómo se mueven los mecanismos de poder y ver cómo las élites, las de uno y otro signo, influyen en la toma de decisiones.
Usted fue el primer director general del INFE (Instituto Nacional de Fomento de la Exportación, precedente del ICEX). Hablamos de 1982. En aquel entonces se descartó la opción de crear un eximbank. ¿Cree que fue una decisión acertada o sería recomendable contar hoy con un eximbank?
En aquellos momentos España ya tenía operativos los instrumentos que conforman una institución de estas características. Existía el Banco Exterior de España, con participación del Estado, que se ocupaba de la financiación de las exportaciones a medio y largo plazo, y la Compañía de Seguros de Crédito a la Exportación (Cesce), creada en 1970. Poner ambas instituciones bajo un mismo paraguas no añadía valor. Lo que había que crear era un instituto de promoción comercial ágil y eficaz que contribuyera a dar respuesta a las necesidades de nuestros exportadores. Eso fue lo que se hizo y luego la realidad se encargó de demostrar lo acertado de su creación.
La situación hoy día es muy distinta. Con la financiación del comercio exterior liberalizada, insertos en el marco legal de UE, mover instituciones de un lado para otro no es la panacea. Un nuevo organismo que reuniera lo ya existente no es, en mi opinión, necesario. Lo importante no son los organigramas ni el nombre de las instituciones, sino las políticas que éstas implementan, la flexibilidad, adecuación y eficacia de los instrumentos de los que se dispone, y el coraje y la visión de sus directores en la implementación de esas políticas.
Tras su paso por el INFE, abrió la Oficina Económica y Comercial en Miami (1983-1986). Dice en sus memorias: “[Estados Unidos] ha ejercido una gran influencia en mi formación económica y en mi forma de ver la vida en positivo”. ¿Qué aprendió allí?
Sin ánimo de parecer un visionario ni un ingenuo, la experiencia americana me enseñó que lo más importante para hacer cosas es la libertad y que muchos límites están en uno mismo. En una sociedad tan dinámica como aquella, esa percepción está en la calle: los logros que ves a tu alrededor son fruto de mucho trabajo correctamente encaminado. Aquel país es, sobre todo, un país de oportunidades. Aprendí a ver la botella medio llena.
Dicho esto, nada es gratis. Aquella es una tierra para fuertes, donde la lucha por el billete verde es sin cuartel y donde hay que medir con mucha precisión las propias fuerzas antes de acometer un proyecto. Me hizo valorar, cada vez más, la necesidad de que el Estado garantice una serie de servicios básicos imprescindibles para el individuo, básicamente un sistema sanitario accesible para toda la población.
Aprendí también a ver a los Estados Unidos sin prejuicios, como es muy frecuente el caso desde Europa y otras regiones.
Estados Unidos abraza ahora el proteccionismo, mientras China abandera el libre comercio. ¿Qué análisis hace de esta situación?
El proteccionismo de Trump es un proteccionismo oportunista, muy de consumo interno. Prueba de ello son sus ataques contra el NAFTA hasta que lo cambió. Ahora ya hay otro tratado, pero el que él ha firmado: es su tratado de libre comercio.
En muchas de esas medidas de protección, el primer perjudicado es el propio consumidor americano o la industria estadounidense. Son medidas cortoplacistas y de base sentimental que ignoran las causas y las dinámicas de los flujos de comercio y el nivel de globalización de la economía mundial, en donde los más activos buscadores de oportunidades, precisamente, son las propias empresas americanas.
Siempre ha existido en la América profunda un gran sentido de nacionalismo comercial, el famoso Buy American. Ese sentido de primar lo americano como signo de identidad casi forma parte del sueño americano y seguirá existiendo y usándose por los populistas. Quedan dos años para las próximas elecciones presidenciales. Veremos qué pasa entonces.
En cuanto a China, es un país que crece en una parte importante por la expansión del comercio internacional y no le conviene un frenazo a la libertad de comercio.
Usted fue uno de los primeros funcionarios españoles que trabajó en la Comisión Europea (1987-1989). ¿Cómo ve el futuro de la Unión?
Fue un privilegio poder aprender de primera mano lo que eran, y no eran, las instituciones europeas, sobre todo viniendo de un país como era la España de 1986, que había idealizado la pertenencia a la entonces Comunidad Europea, como prueba de nuestra madurez democrática. Pero las instituciones europeas no eran todo lo que se esperaba, lo cual ha traído después muchos problemas. Pero en aquellos años de bonanza no era popular ser agorero.
Europa necesita crear una nueva ilusión que nos lleve por un camino compartido por todos. Pero no veo ahora una mística nueva, un ilusionante futuro en los países miembros, al menos en algunos de ellos.
Por citar un acontecimiento reciente, el brexit no es solamente un problema para los ciudadanos del Reino Unido, sino que lo es para todos, porque una unión que se rompe es, en menor o mayor medida, un fracaso de todos los socios. Nadie en la Europa continental se ha preguntado qué hemos hecho nosotros mal. El estado de opinión que ha llevado al Reino Unido a votar sí en el referéndum era algo que estaba en el ambiente ya desde el famoso “cheque británico”, y cuyo significado no se ha querido analizar en profundidad más que echándole la culpa a la señora Thatcher en su momento.
Entre 1998 y 2004 usted fue vicepresidente ejecutivo de ICEX. Menciona en el libro algunos de los retos de nuestro sector exterior: aumento del número de exportadores regulares, diversificación geográfica de nuestras exportaciones e inversiones… ¿Cómo ve el futuro del sector exterior español?
Las empresas necesitan estabilidad para crecer: ausencia de incertidumbre, estabilidad institucional, coherencia normativa… Gran parte de esa estabilidad normativa viene garantizada por nuestra pertenencia a la UE. Pero con ser muy importante ese colchón, puede que empiece a ser insuficiente de cara al futuro como elemento tranquilizador.
Los empresarios españoles, cuando han tenido un marco claro y estable en términos legales y de política económica, han sabido aprovechar las oportunidades y crecer a veces con resultados que nos han sorprendido incluso a nosotros mismos. Ahora estamos en un momento de cierta indefinición a nivel global. Los cambios que promovieron la globalización, y a los que las empresas españolas se supieron adaptar con éxito, se anuncian superados por una dinámica acelerada de cambios, por la irrupción de nuevas tecnologías… que pueden dejar con el pie cambiado a amplios sectores de la industria, por ejemplo, en algunas en las que nosotros estamos especialmente concentrados. En este contexto, la única inversión segura es la educación y la investigación, que a su vez necesitan financiación generosa para invertir en proyectos centrados en bases realistas. Ese es el gran reto que afecta a la sociedad española en su conjunto.
Terminada su etapa en el ICEX, creó y dirigió Promomadrid (2004-2007), la agencia de atracción de inversiones de la Comunidad de Madrid. Respecto al brexit, ¿cree que España ha aprovechado esta oportunidad para la captación de inversión extranjera?
El brexit, se quiera o no reconocerlo, está aún abierto y debemos esperar acontecimientos, como muchas empresas potencialmente afectadas están esperando.
Que la Agencia del Medicamento hubiera venido a Barcelona habría sido una buena noticia, pero las razones para decidir los cambios de localización de las inversiones son muy diversas.
Respecto a la comunidad autónoma de Madrid, si me pregunta si la política de captación de inversiones ha sido de la misma eficacia de cara a atraer a empresas o instituciones radicadas en el Reino Unido después del cierre de Promomadrid, que tenía una unidad con cerca de 35 profesionales solo para ese cometido, le respondo sin lugar a dudas que no. Aquel cierre fue un capricho personal injustificado del entonces presidente, cuyas razones todavía no ha explicado.
En su conjunto, y para todo el territorio nacional, la política de atracción de inversiones se dirige eficazmente desde un departamento del ICEX —heredero de Invest in Spain—, pero las decisiones de las empresas privadas no se suelen conocer por el gran público porque hasta las propias empresas inversoras no quieren tal publicidad.
Usted fue consejero económico y comercial de la Embajada de España en Rabat entre 2007 y 2011. En los últimos años, las relaciones económicas entre España y Marruecos han alcanzado un alto nivel de interconexión, que parece a salvo de las contingencias políticas…
Sí, Marruecos se ha convertido en un socio preferente en África por la fuerza de los hechos. En muchas áreas, no solo comercio tradicional de exportación e importación, sino inversiones, maquila, realización de proyectos, consultoría, ingeniería…
Las relaciones económicas no se han dejado influir mucho por los avatares de las relaciones políticas, lo que no quiere decir que no haya habido problemas. No obstante, la economía marroquí es una economía de dimensión reducida, menos de la mitad aproximadamente del PIB andaluz. España debe acentuar su presencia en toda África, que es un continente objetivo también de nuestros socios europeos, y claro objetivo de diversos países asiáticos, China muy singularmente.
“La Administración española está desapareciendo tal como la conocí”. ¿Cómo era antes y en qué ha cambiado?
La Administración central, históricamente y en particular en los años setenta y ochenta, estaba sustentada por unos cuerpos superiores de funcionarios que se echaban sobre sus hombros la gestión de lo público. En la actualidad, esa relación biunívoca entre un departamento y una o varias corporaciones de funcionarios no se manifiesta de la misma forma. Hay, incluso, una cierta movilidad interdepartamental antes impensable.
La forma del Estado es distinta, con diecisiete comunidades autónomas con otras tantas administraciones, con visiones, inevitablemente, fragmentadas del Estado, con competencias nuevas y diversas, delegadas desigualmente por el Estado central. Aun con la teórica independencia de la función pública del poder político, la presencia de partidos políticos distintos en esas administraciones ha generado una gran diversidad de modelos de servicios públicos.
También plantea en el libro la necesidad de reorganizar el servicio exterior del Estado. ¿Cuál sería su propuesta?
El servicio exterior del Estado central, que es la única administración que tiene competencias en esta materia, prácticamente no se ha tocado desde los años veinte del pasado siglo, excepto por la presencia exterior de las llamadas oficinas de promoción de las comunidades autónomas. Ha habido, eso sí, frecuentes retoques que no afectaron sustancialmente a su organización y que no incorporaban una visión global del papel de la Administración en un mundo globalizado. Seguimos con un esquema obsoleto de división de funciones y con aspiraciones centralizadoras por parte de algún ministerio. Los organigramas, la selección de personal, la capacitación, la asignación de puestos y la organización de los flujos de información, entre otros, son aspectos que exigirían una reflexión previa muy profunda. Pero falta consenso político, ningún Gobierno quiere acometer los cambios necesarios y los colectivos afectados tampoco quieren correr riesgos para no perder sus actuales cuotas de poder. Teniendo en cuenta el poco interés que la política exterior levanta en la sociedad española, quizá sea mejor seguir con las imperfecciones actuales.
Marzo de 2019
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