«Salto de gigante en el sector exterior»

Balbino Prieto (presidente del Club)
Revista Ejecutivos
Junio de 2015

Hoy en día es posible salir de Madrid con destino a Londres en un avión fabricado en España, surcar el espacio aéreo controlado por la tecnología de una empresa española y aterrizar en un aeropuerto cuya gestión está en manos de un operador español. Una vez ya en el centro de Londres, es posible sacar unas libras en un banco de origen español para abonar las compras realizadas en varias tiendas de moda española, cenar después en un restaurante typical Spanish y pasar la noche en un hotel de una cadena española.

Hoy en día —insisto— es posible completar este itinerario, pero hace veinticinco años habría resultado impensable. Desde 1990 las empresas españolas han dado un salto de gigante en su proceso de internacionalización, hasta el punto de que las exportaciones de mercancías y servicios suponen ya un tercio de la producción nacional y el volumen acumulado de la inversión directa realizada en el exterior ronda el 50% del PIB.

Por lo que se refiere al comercio de mercancías, las compañías españolas han pasado de vender 46.220 millones de euros en 1990 a exportar 240.034 millones en 2014. La cifra de las exportaciones se ha multiplicado por cinco; en cambio, el volumen de importaciones se ha multiplicado sólo por cuatro, al pasar de 66.220 millones a 264.506 millones. En consecuencia, la tasa de cobertura, que hace veinticinco años era inferior al 70%, hoy supera el 90%. Nunca en la historia reciente de nuestro país habíamos estado tan cerca del equilibrio comercial como en la actualidad.

Es de destacar que en los últimos veinte años España apenas ha perdido peso relativo en el comercio mundial de mercancías, y ello a pesar de la irrupción de nuevos actores en el panorama económico internacional. Cuando en 1995 se fundó la Organización Mundial del Comercio (OMC), nuestro país era el decimoquinto exportador mundial, con una cuota de mercado del 1,8%. En 2013 (último año con información disponible) era el decimoctavo exportador, con un 1,7%. Se podría decir que el auge de las potencias emergentes ha afectado a todos los países desarrollados salvo a España, que de forma extraordinaria ha sido capaz de mantener su cuota en el comercio mundial de mercancías.

Por la exportación de servicios, las compañías españolas ingresaron el año pasado más de 110.000 millones de euros. El turismo es el principal capítulo de nuestras exportaciones de servicios (no olvidemos que en 2014 España recibió nada menos que a 65 millones de turistas internacionales); pero también destacan los servicios prestados a empresas, los servicios informáticos, los financieros y los ligados al sector de la construcción.

Según la OMC, España era en 1995 el octavo exportador mundial de servicios, con una cuota de mercado del 3,4%. En 2013 se situaba en el noveno lugar, con un 3,1%. De nuevo, hay que resaltar la capacidad de las empresas españolas para retener, pese a la competencia de los países emergentes, su cuota en el comercio mundial de servicios.

La competitividad de las compañías españolas se manifiesta también en la diversificación geográfica de las exportaciones. La zona euro ha sido tradicionalmente —y sigue siendo— el principal destino de los bienes y servicios producidos en España. Sin embargo, en los últimos años las empresas españolas se han lanzado a explorar nuevos mercados más allá de los países de nuestro entorno. Y los resultados se pueden calificar de excelentes: en el periodo 2010-2014, las exportaciones de mercancías a Asia han aumentado un 100%; las dirigidas a Iberoamérica, más de un 80%; y las que tienen como destino el continente africano, más de un 75%.

La expansión internacional que han protagonizado las empresas españolas durante los últimos veinticinco años se traduce no sólo en un aumento de los flujos comerciales hacia el exterior, sino también en un crecimiento vertiginoso de la inversión realizada fuera de nuestras fronteras. Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), España tenía en 1990 un stock de 15.652 millones de dólares, una cifra equiparable a menos del 3% del PIB nacional. En 2013 el stock se había multiplicado por cuarenta, hasta los 643.226 millones de dólares, lo que sitúa a España como el undécimo país inversor del mundo.

Si echamos la vista atrás, España era en 1990 una economía orientada al mercado interno y no contaba apenas con ninguna firma de carácter multinacional. Nadie podía imaginar entonces que las concesionarias españolas iban a gestionar el 40% de las infraestructuras de transporte en todo el planeta, o que el mayor grupo de distribución textil del mundo y el primer productor de energías renovables iban a ser de origen español, o que un consorcio de doce empresas españolas se encargaría de construir en Arabia Saudí la línea de alta velocidad La Meca-Medina.

La primera oleada de inversión española en el exterior se producía en los años noventa, con Iberoamérica como destino preferente de los flujos de capital. En muy poco tiempo España se erigió como el segundo inversor en la región, sólo por detrás de Estados Unidos. En la primera década del siglo XXI, las inversiones se reorientaron hacia Europa, en especial hacia la Unión Europea de los Quince. Y una vez superada la crisis económica, las empresas españolas han retomado la política de inversiones en el exterior, poniendo el foco sobre todo en los mercados desarrollados. El resultado final es que hoy en día, según un estudio de PwC publicado el pasado octubre, existen unas 2500 multinacionales españolas, con más de 7000 filiales presentes en los cinco continentes.

En 2015 se puede afirmar sin ningún género de dudas que el sector exterior se ha convertido en uno de los pilares de la economía española. Pero sería un error detenerse a contemplar el camino que hemos recorrido hasta ahora sin prestar atención al futuro, porque aún queda mucho terreno por avanzar y las empresas españolas deben hacer frente a una serie de retos decisivos.

En primer lugar, el sector exterior debe adoptar una estrategia productiva orientada a la innovación. En un mundo cada vez más globalizado, donde la clave del éxito pasa por ser competitivos, triunfan las compañías innovadoras que son capaces de ofrecer bienes y servicios de alto valor añadido. Pero la capacidad de innovar está estrechamente ligada al tamaño de las empresas, con lo cual sería conveniente impulsar la creación de consorcios o la fusión de pymes. En segundo término, es preciso que las empresas sigan explorando nuevos mercados emergentes, pero sin menospreciar la seguridad y la estabilidad que proporcionan las economías desarrolladas. Y en tercer lugar, las empresas deben asumir la inteligencia empresarial como herramienta clave para la gestión de los riesgos de muy diversa naturaleza (políticos, económicos, financieros, jurídicos…) que implica el proceso de internacionalización.

Con el apoyo de la Administración pública y el respaldo de toda la sociedad, estoy convencido de que las empresas españolas serán capaces de superar estos desafíos y de que en los próximos veinticinco años el sector exterior seguirá siendo un motor de crecimiento económico estable y una fuente de empleo de calidad.