«Una política de Estado en materia de internacionalización»

Balbino Prieto (presidente del Club)
Revista Ejecutivos
Febrero de 2016

En un mundo globalizado, las empresas no pueden plantearse la opción de limitar su actividad al mercado interno. La internacionalización ya no se puede concebir como una mera alternativa, sino que debe constituir un elemento capital de la estrategia corporativa. Por fortuna, en España comienza a extenderse esta idea.

Históricamente, el sector exterior ha mostrado un comportamiento contracíclico dentro de la economía española. En términos macroeconómicos, las exportaciones repuntaban en tiempos de crisis para compensar la caída de la demanda interna, y retrocedían conforme remontaban el consumo y la inversión. En términos microeconómicos, buena parte de las empresas salía al exterior no de forma regular, sino en último extremo, como un recurso inevitable para mantener la producción o colocar los excedentes en tanto se recuperaba la demanda interna. La crisis económica que ha vivido España en los últimos años ha roto esa tendencia. El sector exterior ha dejado de ser la válvula de escape para los tiempos de crisis y se ha convertido en uno de los pilares fundamentales del sistema productivo, responsable de un tercio del PIB.

El pasado mes de junio, el Club de Exportadores e Inversores Españoles organizó la III Cumbre de Internacionalización, junto con la Cámara de Comercio de España, el Foro de Marcas Renombradas y la Asociación Española de Directivos. En esta jornada, que fue inaugurada por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y clausurada por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos, se presentaron los resultados de una encuesta realizada a casi 1400 directivos de compañías españolas con actividad internacional. Pues bien, según el estudio, el 70% de las empresas consideraba que la internacionalización había sido un elemento clave para superar la crisis económica. Un 80% declaraba que era un proceso irreversible y que seguiría invirtiendo en su expansión internacional en los próximos años. No en vano un 90% estimaba que su negocio fuera de España aumentaría en los años venideros.

En resumen, las empresas españolas han tomado conciencia de que la internacionalización es un proceso que ya no admite marcha atrás y que resulta indispensable para su presente y su futuro. Conviene tener presente que España es un mercado maduro, con un potencial de crecimiento interno más bien limitado, de manera que las expectativas de progreso económico están ligadas indefectiblemente a la demanda externa.

A todos nos interesa que las empresas perseveren en su estrategia de internacionalización, porque el sector exterior es motor de crecimiento y fuente de empleo estable y de calidad. En ese sentido, el esfuerzo que realizan día a día las empresas españolas por competir en los mercados internacionales debe contar con elmáximo respaldo de la Administración pública.

España afronta este año un nuevo ciclo político para el que se requiere —ahora más que nunca— un Gobierno estable, comprometido con la agenda de reformas que necesita nuestro país, y que respete y fomente la actividad empresarial. Desde el Club de Exportadores e Inversores hemos reclamado que la política de internacionalización debe ser considerada una cuestión de Estado y, como tal, debe implicar a todos los ministerios. No parece razonable que el comercio exterior y las inversiones extranjeras dependan de un solo departamento. El Gobierno en su conjunto debería coordinarse para fijar un plan de acción concreto y adoptar las medidas más convenientes en favor del sector exterior.

Ese plan de acción debe basarse en la necesidad de promover la competitividad exterior del tejido empresarial y, más en concreto, de las pymes. En un mercado globalizado, las empresas españolas no pueden jugar con desventaja respecto a sus homólogas europeas. Hay dos aspectos en los que la Administración pública debería incidir: la dimensión empresarial y la innovación. Por un lado, la pyme española es relativamente más pequeña que la alemana o la francesa, y el tamaño supone un factor determinante para emprender con éxito un proceso de internacionalización. Por otro lado, la innovación sigue siendo una asignatura pendiente entre nuestras pymes. España no debe aspirar a producir más barato, sino a producir de una forma distinta, poniendo el acento en la innovación como vía para elaborar bienes y servicios de alto valor añadido. Todas las medidas encaminadas a incrementar el tamaño de las pymes y su inversión en I+D contribuirían, sin duda, a potenciar su competitividad internacional.

También hace falta mejorar el acceso a la financiación. Las empresas españolas, y en especial las pymes, siguen encontrando dificultades para conseguir financiación, prefinanciación y garantías a la hora de acometer sus proyectos internacionales. Es cierto que la Administración española dispone de instrumentos financieros suficientes para competir en igualdad de condiciones con nuestros socios comunitarios. Pero, en la práctica, esos instrumentos resultan poco operativos o eficaces por los procedimientos burocráticos y por la escasa dotación presupuestaria. Es el caso del FIEM (Fondo para la Internacionalización de la Empresa), el Fonprode (Fondo para la Promoción del Desarrollo) y los fondos europeos susceptibles de utilización para los intereses españoles. Asimismo, el seguro de crédito por cuenta del Estado no ofrece cobertura para todos los mercados y establece unos importes muy limitados en los techos país. Sería deseable que el nuevo Ejecutivo aplicara una política comercial más ambiciosa, acorde con el potencial internacional de las compañías españolas y en línea con las directrices que siguen ya algunos países de nuestro entorno.

Otro de los retos del sector exterior es ampliar su presencia en las regiones emergentes, que constituyen un importante foco de crecimiento de la economía mundial y que ofrecen innumerables oportunidades de negocio a largo plazo. Para facilitar el acceso de las empresas españolas a estos países, la Administración pública debería reforzar la red de oficinas económicas y comerciales —especialmente en Asia-Pacífico y en el África subsahariana— y continuar promocionando la marca España en aquellos mercados donde no existe una imagen bien definida de nuestro país y de nuestra oferta exportadora.

Entre los países que marcarán la agenda comercial en 2016, y que deben suponer una prioridad para la diplomacia comercial española, se encuentran Irán y Estados Unidos. Con el levantamiento de las sanciones internacionales, Teherán vuelve a abrirse al mundo. Se trata de un mercado de 80 millones de habitantes, con un enorme potencial de negocio para las empresas españolas en sectores tales como las infraestructuras, la energía y el turismo. En cuanto a Estados Unidos, proseguirán las negociaciones del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP en inglés), que podrían culminar este año, antes del final del mandato del presidente Obama. Estados Unidos es el primer destino de las exportaciones españolas fuera de la Unión Europea, y en caso de aprobarse el TTIP, se estima que nuestro país sería uno de los grandes beneficiarios.

Para concluir, quisiera reiterar que el sector exterior español ha desempeñado un papel trascendental en los últimos años, amortiguando el impacto de la crisis económica, y que se ha consolidado hoy por hoy como una pieza clave de nuestro sistema productivo. Ello es así porque las empresas han asumido que la internacionalización es una estrategia inexcusable en un mundo globalizado. Y en esa apuesta decidida por los mercados internacionales, las empresas necesitan el apoyo de las instituciones públicas y de la sociedad española.