Hacia un comercio exterior integrado

Antonio Bonet Madurga, presidente del Club de Exportadores e Inversores; Rosario Gandoy, Universidad de Castilla La Mancha; y Carmen Diaz-Mora, Universidad de Castilla La Mancha.
2 de mayo de 2022

La separación entre la producción de bienes y la de servicios se ha hecho cada vez más difusa en la industria mundial, hasta el punto de que la integración de ambos se ha convertido en un elemento esencial para la competitividad de las empresas manufactureras. Se trata de un fenómeno que ya se inició hace años con el desarrollo de la globalización, en tanto que las empresas con plantas localizadas en diversos países necesitaban de servicios de transporte, logística, comunicaciones, control de calidad y gestión para asegurar precios competitivos, la calidad de sus manufacturas y evitar las interrupciones en sus cadenas de producción.

Asimismo, en este proceso de desplazamiento de las fases de fabricación más intensivas en mano de obra hacia países con niveles salariales más bajos, las empresas han retenido en sus países de origen aquellas tareas más vinculadas a la diferenciación de producto. Hablamos de actividades fundamentalmente de servicios que tienen que ver con los campos del diseño, la tecnología, la gestión de la marca, el marketing, la financiación o la distribución. Actividades todas ellas que tienen la capacidad de aportar mayor valor añadido por unidad de producto al requerir de un mayor capital tecnológico y humano.

En los últimos años, esta creciente presencia de servicios en las producciones industriales se ha desarrollado de una forma radical por la extensión de las nuevas tecnologías y la expansión de las plataformas digitales. Este fenómeno se ha conocido con el nombre de servicificación o terciarización de las manufacturas. Tanto ha sido así, que puede hablarse de un cambio de modelo de negocio en muchas empresas industriales, que se basa en una oferta no ya de productos, sino de soluciones integradas que incorporan servicios, soporte y formación, por citar solo algunas. Un ejemplo paradigmático lo presenta la firma Rolls Royce que en lugar de vender motores de avión lo que hace es alquilarlos a compañías aéreas, cobrando por hora de vuelo en cuyo precio está incluido la gestión y el mantenimiento.

En estos paquetes integrados, los servicios añaden nuevas funcionalidades a los bienes o los adaptan para que satisfagan las necesidades específicas del cliente, y han llegado a convertirse en la principal fuente de ingresos de algunas empresas industriales. Se calcula que, actualmente, casi la mitad de las empresas manufactureras incorporan servicios en sus ventas.

La estrecha conexión entre productores y consumidores que posibilitan las nuevas tecnologías, y la enorme capacidad analítica de información, ha reportado a las empresas un mejor conocimiento de las necesidades de los clientes, facilitando que oferten soluciones que satisfagan sus preferencias.

Es decir, actualmente los servicios no solo son imprescindibles para participar en las cadenas globales de valor, sino que constituyen también un estímulo directo al crecimiento de la productividad y la competitividad. De hecho, las capacidades que se requieren para la prestación de servicios muy especializados vinculados a los bienes (alta cualificación de la mano de obra, conocimiento tecnológico, capacidad innovadora…) representan una importante barrera de entrada para la competencia procedente de los países de bajos costes.

A este respecto, algunos estudios confirman que el porcentaje de empresas exportadoras de bienes es notablemente superior entre las empresas con ingresos por ventas de servicios que entre las empresas manufactureras puras; un resultado que se repite en todos los tamaños de empresas. Además, las empresas industriales que ofertan conjuntamente bienes y servicios son más proclives a la internacionalización de su actividad, presentando una menor probabilidad de abandono de la actividad exportadora.

En un contexto como el actual, los cambios tecnológicos y la digitalización empujan a las empresas manufactureras a modificar sus modelos de negocios. Con ello consiguen hacer frente a los nuevos retos competitivos, y en el que la internacionalización de las empresas se ha convertido en un factor decisivo para impulsar el crecimiento en un entorno de gran incertidumbre. Por tanto, el fenómeno de la servicificación debería formar parte no solo de la estrategia de las empresas, sino de las políticas económicas de los gobiernos.
Para ello, el punto el punto de partida debería ser un mejor conocimiento del comercio de servicios y, concretamente, del llevado a cabo por las empresas industriales, con el fin de que incorporen esta nueva realidad y puedan verse facilitadas las negociaciones comerciales. Efectivamente, los avances acaecidos en materia de liberalización del comercio internacional de bienes no tienen comparación en el caso de los servicios, donde continúa existiendo un amplio margen de mejora.

En este sentido, sería recomendable el diseño de políticas comerciales que consideren conjuntamente la regulación sobre los intercambios de bienes y de servicios, evitando que el comercio de bienes se vea limitado por restricciones que afectan a los servicios que le acompañan. De alguna manera, estamos viendo ya cómo muchos acuerdos comerciales internacionales, por ejemplo los más recientes firmados por la Unión Europea, empiezan a incorporar, además de la regulación del comercio de bienes, el relativo a servicios, inversiones y movimiento de personas, si bien sería necesario avanzar con más rapidez en esta dirección.

Paralelamente, a la vista de esta tendencia, nuestras autoridades deberían hacer un esfuerzo por desplegar medidas de política comercial e industrial que orientasen a las empresas manufactureras, especialmente a las PYMES, acerca de los beneficios que sobre su competitividad y potencial exportador se derivan de la incorporación de servicios avanzados en sus procesos productivos y, especialmente, en su tradicional oferta de bienes.

Otro frente de actuación deseable consistiría en promover la mejora tecnológica de las empresas, favoreciendo la innovación y la cooperación entre ellas, además de la colaboración con centros públicos de investigación y universidades. El impulso a la implantación de tecnologías digitales es fundamental para el desarrollo de servicios de calidad en las manufacturas, al facilitar la conexión entre consumidores y productores.

A este respecto, los fondos europeos destinados a la recuperación post-covid (Next Generation) podrían contribuir activamente a la transformación digital de muchas pymes. No en vano, se trata del aspecto fundamental para que estas empresas puedan avanzar hacia nuevos modelos de negocio, con fuerte implantación de servicios de valor añadido, que refuercen su competitividad.

En definitiva, la conexión que se establece entre servicificación, digitalización y la mayor capacidad competitiva de las empresas manufactureras pone sobre la mesa nuevos retos tanto desde la perspectiva de la gestión empresarial como de la política económica de apoyo a las empresas. La actual revolución industrial o Industria 4.0 no puede entenderse al margen de una interacción más profunda entre servicios y producción de manufacturas.